De la condición femenina. MªJose Gallargo.

Maria José Gallardo

Las servidumbres de la condición femenina, sus ilusiones –algunas falsas y otras efímeras– y el tiempo que pesa de manera específica sobre la vida de la mujer son los registros de la muestra de María José Gallardo (Villafranca de los Barros, Badajoz, 1978).

Emplea para ello diversos recursos formales. Una serie de cuadros de pequeño formato hace desfilar los diversos menesteres en los que ha de emplearse algo más que tiempo para cumplir las exigencias sociales de la belleza y asimilarse al paradigma que exige el penúltimo certamen de miss.

En otro lugar de la muestra hay una pieza que podría llamarse el retablo de la madre de familia y su holocausto particular: teje la ropa del futuro bebé junto a un marido demasiado ocupado en su profesión como para hacerle caso, se ocupa de los niños para que no estorben la lectura del padre de familia y al fin, gastada por los años, aparece en el centro del tríptico alcanzando la gloria del deber –social– cumplido.

En todos estos casos, Gallardo recurre a un dibujo desaliñado de las figuras, quizá para contrastar con la brillantez con que la publicidad empresarial y el adoctrinamiento ideológico presentan estas mismas imágenes. Las figuras así trazadas aparecen rodeadas de una vegetación que podía haber escapado no se sabe muy bien si del antiguo papel pintado con el que agobiaban sus casas los bisabuelos o de algún bordado igualmente decimonónico. Esta ornamentación arcaica, que confiere un cierto tono de inevitable ritual a sus figuras, se mezcla con fragmentos de papel reflectante. Tal vez el tiempo sea insensible a las exigencias femeninas y hoy como ayer sólo les dispense la recompensa del oropel. O quizá sea que esa ornamentación, tan distinta y tan igual, oculte y a la vez revele esas exigencias, y el antiguo arabesco adamascado y los actuales brillos sintéticos condensen, en silencio, una sensibilidad que los varones no entendemos.

Hay en la muestra además una vibrante pintura, un cuadrado de casi dos metros de lado, en la que una masa de agua invade la parte inferior del lienzo que, por lo demás, despliega en la mayor parte de su espacio una desordenada dispersión de piedras y metales preciosos. Los brillos, lo advierte el título, sean joyas o baratijas, no son sino substancias tóxicas, cebos envenenados. Aquí el desorden de la ilusoria pedrería hace evidente el sarcasmo. Tal vez por eso –o bien porque Gallardo es más pintora que dibujante– el cuadro presenta mayores valores formales. Sea cual sea la razón, la obra presenta una considerable soltura en el tratamiento del espacio, la luz y el color.

La exposición tiene un indudable peso crítico, aunque la autora confiere a las piezas una leve ternura o, mejor, una profundidad que late precisamente en los elementos ornamentales. Creo que son éstos los que hacen pensar que en estas obras hay algo que escapa a la mirada del ilustrado varón de nuestro tiempo.

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