Simón Zabell, celosía cerrada: La Jalousie en Galería Carmen de la Calle

La Jalousie
La Jalousie, novela de Alain Robbe-Grillet escrita en 1957, traza un extraño triángulo amoroso narrado desde el punto de vista de un marido cuya presencia sólo se infiere. Ambientada en una plantación de plátanos en algún país lejano (Robbe-Grillet fue ingeniero agrónomo en Martinica y estudió las enfermedades del bananero), refleja las distorsiones que los celos imprimen en la mirada espía del personaje, quien se asoma a un interior doméstico a través de unas metafóricas celosías (jalousie significa tanto “celos” como “celosía”).
 

Simón Zabell (Málaga, 1970), que se había confesado ya fascinado por Robbe-Grillet, montó entre diciembre y febrero, en el Palacio de los Condes de Gabia, una instalación que partía de este texto; en concreto de una doble página de la primera edición francesa que reprodujo decenas de veces, troquelando en los papeles la silueta de hojas de bananero y cubriendo con ellos las paredes de la sala. Para esta exposición en Madrid, ha reducido las dimensiones de la instalación y la ha completado, como hiciera en Granada, con pinturas en las que, se nos dice, evoca ese interior observado.

Conociendo obras anteriores de Zabell, y en especial la instalación El año de algo, cabía esperar del artista una elaboración más rica, en cuanto a la realización plástica, de esta historia de ausencias, obsesiones y ambigöedades. El fragmento elegido de la novela contiene una de las siete distintas versiones que se ofrecen del mismo suceso: A., la mujer, descubre un ciempiés sobre la pared, y Franck, el vecino y amante, lo mata aplastándolo con una servilleta. Una escena que se hace más inquietante cada vez que es recreada y que podría haber dado pie al artista para generar una atmósfera más densa. Los recortes que, en Zabell, antes atravesaban grupos de páginas y dibujaban fantasmas de objetos, muebles, espacios, se limitan a un repetitivo corte mecánico de las mismas formas vegetales, que remiten al entorno de la plantación en la que se sitúa la acción.

La interacción con el espacio de la galería es limitada, y no hay ilusionismo de ninguna clase, ni éxito escenográfico (son conceptos sobre los que Zabell ha trabajado). La trama de hojas recortadas podría tal vez equipararse a la celosía que da título a la obra, pero no crea un sentimiento de ocultación o misterio. Una falta de expresividad que es subrayada por las pinturas que se superponen a o se intercalan entre los lienzos de muro cubiertos con las páginas. Son de nuevo paredes, vacías salvo por la insinuación de marcos (cuadros, ventanas) y la representación de lámparas (o de la negación de sus formas a través de las luces que emanan de ellas).

El artista pretendía que las páginas del libro “vomitaran formas” que hablaran sobre el contenido de la novela, pero no parece haberse esforzado para crear un auténtico diálogo entre palabras e imágenes, una transmutación de la lectura en una realidad visual y tangible. Se ha conformado, podríamos pensar, con un guiño reiterado que defrauda las grandes posibilidades abiertas por el propio Zabell a través de su sistema “negativo” de representación y de la correspondencia conceptual de éste con la obra del iniciador del nouveau roman.

Elena Vozmediano

 

El Cultural.es: 10/05/2007

 

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