Doble final de fiesta. (Spleen, Mp & Mp Rosado) por Óscar Alonso Molina

MP&MP Rosado vuelven a Madrid con Spleen. Galería Pepe Cobo

Entrevistarse con los hermanos Rosado, Miguel y Manuel (San Fernando, Cádiz, 1971), es casi como participar en un juego de ecos: delante de ellos se asiste siempre entre fascinado y confuso a esa rara cualidad, frecuente en las parejas de gemelos más unidos -y ellos lo están, hasta el punto de formar pareja artística-, de que un pensamiento continuo y sin apenas fisuras sea resultado de la actividad realizada en estricto paralelismo por dos cabezas, dos sistemas nerviosos, dos mundos emocionales y sensitivos por completo diferenciados. Están tan coordinados que en la conversación ofrecen como resultado una «voz» única, sólo que nerviosa, estroboscópica, ligeramente desdibujada en su perfil. Así, el diálogo con ellos es una versión complicada, muy estimulante entre el tú a tú y la discusión en grupo, pues sus opiniones aparecen centradas pero duplicadas cada vez, únicas, aunque en continua autocorrección.

 

Este juicio dividido («eschizein phren»: inteligencia disociada, esquizofrenia) ha sido determinante en su caso; también largamente explotado por ellos mismos, en primer lugar, y por su fortuna crítica a continuación, en la tópica que durante los últimos años los sitúa como unos de los valores emergentes más sólidos y con mejores perspectivas de futuro entre su generación. Los MP Rosado aparecen de continuo en las colectivas y novedades editoriales que repasan lo mejor del arte producido en nuestro país durante la década en curso. Más que previsible, parece justo que así sea después de visitar una exposición como la que ahora presentan en Madrid. Supone un paso decisivo hacia su completa madurez, revelando, además, que son capaces de trasladarse rápidamente a nuevos territorios en función de inquietudes auténticas de exploración -y no mera explotación- de su rentabilidad.

Sin grandilocuencias. En Spleen, título de esta cita, que remite a la melancolía pensativa de Baudelaire y los influjos de la bilis negra, los MP Rosado cristalizan uno de sus proyectos mejor argumentados hasta la fecha. Para ello han empezado por rebajar la grandilocuencia escenográfica a la que nos tenían acostumbrados, situándola en un nivel mucho más acorde con el espacio comercial de la galería -aquí mismo, hace dos años, fue algo que les costó controlar-, optando por articular con enorme intuición piezas escultóricas individuales en dos grupos, cada cual en una de las salas. El resultado funciona como sendas instalaciones que, a su vez, se complementan, ayudando a desplegar el poder alegórico de esta metáfora continuada por reflejos, ecolalia, insistencia, rimas y ritmos.

Por otro lado, el tiempo empieza ya a jugar a favor de una apuesta como la suya, cargada de acentos teóricos y abundantes referencias literarias (ni disimuladas, ni evidentes), que sólo con los años necesarios podría transformarse en un corpus naturalizado y plausible. Por fin todos esos estratos se delatan sin chirriar al aflorar a la superficie para configurarse como el propio mensaje, no para matizarlo. De tal modo, el repertorio temático y argumental acumulado, las ideas manejadas en sus series anteriores sostienen hoy con más solidez el peso, o, si quiere, la densidad creciente, de este discurso que se rige por una economía inteligente, capaz de administrar su patrimonio sin cicatería (cada obra o serie abunda en conceptos, citas, capas del sentido, investigaciones técnicas), pero tampoco un abusivo derroche (que nunca resultan irrefrenables).

Frente al esfuerzo titánico de muchos compañeros suyos de promoción, ante la envidiable ligereza del pensamiento de los MP Rosado, me viene a la cabeza aquello de Flaubert: «Cuando no se puede levantar el Partenón se amontonan pirámides». En efecto, si algo define el magnífico momento por el que pasan estos dos hermanos es el de la decantación: cuando los estratos se ordenan para ofrecer un compuesto más depurado y equilibrado.

Cuando todo se explica. Pueden comprobarlo ustedes mismos pasándose por el número 39 de Fortuny. Nada más entrar, van a tener la sensación de irrumpir en el justo momento en que se explica todo, lo ocurrido y lo por venir. Detendrán la metamorfosis de lo festivo en algo tétrico. Como en una película de Tim Burton, la fiesta ha terminando, desembocando en un inesperado, subyugante y cruel final dramático: los árboles se han comido a los niños en plena merendola, y, donde había flores, sólo queda un bosque calcinado, restos de ropa, alguna zapatilla; los globos ruedan sin gracia por el suelo, y la casita de chocolate es ahora una mazmorra llena de telarañas… La melancolía del título es ya la antesala de lo siniestro. Nadie va a extrañarse porque uno de sus resortes sea la repetición, el aspecto duplicado, gemelar no idéntico de los seres y los enseres…

 

Por Óscar Alonso Molina

ABCD de las Artes y las Letras.

05 de abril de 2008 – número: 844

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