ISABEL BAQUEDANO. GALERÍA ESTAMPA

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Ha venido, Isabel Baquedano, insistiendo en sus últimas exposiciones (Galería Estampa de Madrid, 1999 y 2002; Galería Dieciséis de San Sebastián, 1996; Galería Colón XVI de Bilbao, 1998) en una temática centrada en el Viejo y en el Nuevo Testamento, con algunas incursiones en un argumento esencialmente moderno, como es el del circo, pero ya provisto de una rica y distinguida historia.

Y en una manera que funde el viejo y el nuevo estilo. Hay en ella, en efecto, ecos de los primitivos italianos, de aquellos falsos primitivos que fueron los prerrafaelistas, pero además están los nabis y está Matisse y está la lección de la pintura abstracta en su faceta más lírica, y muchas otras cosas, porque en cada pintor está siempre toda la historia de la pintura.

No creo que en ningún momento puedan clasificarse estas pinturas de literarias, en realidad en la insistencia en un número reducido de argumentos, que se repiten cuadro a cuadro, y en la disparidad de los mismos (pasamos, con toda naturalidad, de la expulsión del Paraíso a los funambulismos) se descubre una cierta indiferencia hacia el tema que se vuelve explícita ante su despreocupación por buscarles un título. El argumento no es sino una coartada que permita a la pintora trabajar lo que realmente constituye su leitmotiv: el movimiento, el color, la composición. Es decir, los problemas estrictamente pictóricos.

De todas formas, si no hubiese algo más, su pintura se inclinaría peligrosamente hacia lo decorativo. Ese es el riesgo constante del arte abstracto, cuántas veces ante una abstracción no pensamos que constituiría un magnífico estampado para una tapicería. No es que haya nada perverso en lo ornamental, pero está claro que Isabel Baquedano busca algo más. Es palpable en su obra su gusto por la mancha, por el plano de color: los árboles son masas azules, las montañas una sombra violeta, un vestido puede ser un borrón amarillo o verde. Pero también es cierto que, con mayor frecuencia, las masas de color, o de no color, se apartan de lo pétreo e inorgánico para humanizarse y llamar así a las puertas del misterio. Si una obra no tiene algo de enigma y de sacramento, si no consigue plantearnos alguna interrogante, si no nos deja una parte de su verdad entre las sombras sigilosas, entonces no vale ni la tela en la que está pintada. Esos personajes desvaídos, fantasmas de la historia sagrada, apariciones de un circo sonámbulo, esos espectros de lo cotidiano que se asoman por una cortina, desaparecen tras una puerta o deambulan por un pasillo, nos recuerdan nuestra propia condición de sombras. Es importante esa zona oscura, que borra inmediatamente cualquier impresión precipitada de ingenuidad o de huero acicalamiento, porque de esa forma la prospección del cuadro se hace inabarcable; siempre, por muchas veces que lo miremos, queda un residuo impenetrable.

Raúl Eguizábal

ISABEL BAQUEDANO: EL TESTAMENTO DE LA PINTURA

Fecha de la exposición: Del 28 de enero al 5 de marzo de 2005
Inauguración: viernes, 28 de enero a las 20.00 h.

GALERÍA ESTAMPA
Justiniano, 6. 28004 Madrid
Tel.913083030.Fax 913083031
www.galeriaestampa.com

 

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